Mostrando entradas con la etiqueta Mundo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mundo. Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de febrero de 2015

La Universidad Pública: Un bien Común

Publicado originalmente en SinPermiso.Info por Vera Sacristán el 25 de Enero del 2015

La Universidad Pública, un bien común


Las universidades públicas reciben en promedio de su comunidad autónoma algo menos del 69% de sus ingresos corrientes (datos del MEC, año 2012). Este porcentaje tiene gran variabilidad: desde el 58% en Cataluña hasta más del 80% en el País Vasco, la Rioja o Canarias. Los precios y tasas que pagan los estudiantes y sus familias constituyen el 20% de los ingresos corrientes de las universidades, con una variabilidad incluso mayor: por debajo del 10% en las universidades de La Laguna, País Vasco o Cádiz, y hasta el 36% en la de Barcelona o el 37% en la Rey Juan Carlos de Madrid. 

Desde el año 2009, la evolución de esas cifras puede calificarse de “histórica”. En algunas comunidades autónomas los recortes se acercan al 40% en términos reales, una vez descontada la inflación, lo que nos retrotrae a más de veinte años atrás. Según un estudio del Observatorio del Sistema Universitario (OSU), cursar algunas carreras cuesta hoy hasta 3 o 4 veces lo que costaba en 2007, justo antes de las últimas reformas universitarias.

Llama la atención que la mayor parte de países europeos sigan una política distinta o incluso opuesta a la española. Y no se trata sólo de los consabidos países nórdicos, donde los estudios universitarios son gratuitos, sino de países y regiones más próximos a nosotros, donde la matrícula es gratuita (Austria o Escocia, entre muchos otros) o requiere tan sólo el pago de una tasa fija (300€ por año en Alemania, 183€ en Francia, por ejemplo). Mientras esto ocurre en Europa, los precios públicos en España llegan a alcanzar los 2.600€ por curso de grado, y los 4.000€ por curso de máster. Además, la inmensa mayoría de países europeos ofrecen o bien becas-salario para compensar la pérdida de ingresos de los jóvenes que optan por estudiar en vez de trabajar (modelo nórdico), o bien desgravaciones fiscales y subsidios para las familias que mantienen a los hijos que estudian en la universidad (modelo centroeuropeo), algo inexistente en España.

Cabe preguntarse si lo que ocurre en nuestro país no es más que el resultado inevitable de una situación económico-financiera adversa. Sin embargo, quienes defienden estas nuevas políticas de financiación universitaria no suelen hacerlo en términos coyunturales, sino con argumentos de fondo. El principal es el de considerar que, puesto que obtener un título universitario permite acceder a trabajos y niveles de renta superiores, quien estudia en la universidad debe pagarse los estudios, pues va a obtener de ellos un beneficio personal. Y es cierto que lo va a obtener. Lo que no es tan claro es que deba pagar por ello a priori, esto es, mientras estudia. Intentaré argumentar por qué es mejor que lo haga a posteriori, mediante un sistema de impuestos progresivo, que permita que devuelva a la sociedad, incluso con creces, lo que de ella ha recibido.

También se aduce que no es justo que paguen lo mismo los ricos que los pobres. Como si no nos costara exactamente lo mismo a todos, ricos y pobres, comprar un kilo de arroz o un televisor. De nuevo, la redistribución de la riqueza conviene hacerla mediante el sistema impositivo, no en el sistema de precios.

Otro argumento frecuente es el de considerar que, puesto que a la universidad acceden mayoritariamente jóvenes de clases medias y altas, no es justo que los contribuyentes les paguen los estudios. Efectivamente, sabemos que a nuestras universidades acceden mucho más los hijos de directivos, profesionales y, en general, trabajadores de oficina, servicios y administración, mientras que los hijos de trabajadores obreros están infrarrepresentados ya que sólo son un 27% de la población universitaria mientras que sus padres conforman el 48% de la población de 40 a 60 años. Pero esto no debería inducirnos a una aceptación resignada de los hechos, sino a actuar para que la situación cambie. Un motivo que explica la baja presencia de estudiantes de origen humilde en nuestras universidades es su necesidad de trabajar y aportar ingresos a sus familias. En estas condiciones, el aumento del precio de la matrícula es un elemento disuasorio añadido.

Por último hay quien piensa que la respuesta a todas estas cuestiones está en mantener precios elevados como los actuales y ofrecer becas o créditos a quienes no puedan permitirse pagarlos. Las becas o, peor aún, los créditos, no resuelven el problema. Aparte de la escasez de sus importes y número, las becas generan incertidumbre ya que un estudiante no sabe a priori si la obtendrá. De los créditos, para qué hablar, en un país en el que las hipotecas son causa de problemas tan graves. ¿En qué condiciones entraría en el mercado de trabajo un recién titulado obligado a devolver un crédito por los estudios cursados? ¿Cómo afrontaría el inicio de una vida personal y familiar independiente? Conocemos demasiado bien las dificultades generadas por el sistema de créditos al estudio en los países que los han implantado, especialmente Estados Unidos y el Reino Unido: endeudamiento no sostenible, disminución drástica de la movilidad estudiantil, retracción de la demanda universitaria por parte de sectores específicos (mujeres y adultos), burbuja crediticia y, finalmente, abandono de los estudios al producirse la crisis financiera y reducirse la concesión de créditos y las expectativas laborales.

Debemos, en cambio, preguntarnos por qué los países de nuestro entorno están optando por una política tan distinta: financiación pública de la universidad, matrículas gratuitas o simbólicas, y ayudas en forma de becas-salario, desgravaciones fiscales y subsidios. Este es el modelo mayoritario en Europa porque promueve la igualdad de oportunidades en el acceso a la universidad. Y la igualdad no es sólo una cuestión de justicia social sino también de eficacia, ya que permite que los mejores accedan a los estudios, y que el país no desperdicie su talento por causas económicas. En otras palabras, frente al beneficio personal que se extrae del estudio, la mayoría de países valoran el beneficio colectivo que obtiene el conjunto de la sociedad. Un beneficio cultural, científico, técnico y profesional que ayuda al bienestar y al progreso del país. Un beneficio económico gracias a quienes, tras haber pasado por la universidad, desarrollan actividades útiles y rentables para empresas e instituciones, tanto privadas como públicas. Y, finalmente, un retorno de la inversión pública a través de los impuestos.

No es posible tratar de financiación universitaria sin mencionar la investigación, puesto que en nuestro país las universidades públicas son su agente principal. La disminución de la financiación de la investigación en España ha sido drástica en estos últimos años (superior al 40%) y nos aleja todavía más de los objetivos declarados en solemnes reuniones de ministros de la UE. Se está hipotecando el futuro de la investigación española y con ello las posibilidades de un cambio de modelo económico del país. Para que la investigación revierta positivamente en la sociedad, se suele argumentar que lo mejor es que sean las empresas las que la orienten y las que la financien. ¿Es eso lo que más conviene a la ciudadanía? Que las empresas (y otras instituciones, no necesariamente con ánimo de lucro) financien parte de la investigación puede ser positivo, pero es imprescindible que la administración pública lo haga en una proporción suficiente. Suficiente para garantizar el avance de la investigación básica, sin la cual no hay investigación aplicada posible. Suficiente para garantizar la independencia y la objetividad de la investigación. Suficiente también para asegurar que se obtengan avances científicos que ayuden a resolver los problemas de la población, con independencia de su rentabilidad económica inmediata.

En conclusión, la actividad docente e investigadora de las universidades públicas beneficia al conjunto de la sociedad. Es un bien común y, por ello, corresponde al poder público garantizar su financiación.

Vera Sacristán es profesora de matemáticas en la la Universitat Politècnica de Catalunya. Colabora regularmente con SinPermiso en temas de política universitaria.


Nota Original en Sinpermiso.info

sábado, 31 de enero de 2015

El coste de estudiar en la universidad

Columna Publicada en sinpermiso.info el 11 de Enero del 2015 por Vera Sacristán
El coste de estudiar en la universidad

Los datos de la Comisión Europea sobre el coste de estudiar en la universidad el curso 2013-14 en 38 países o regiones de 33 estados de Europa llevan a conclusiones que quizás sorprendan a más de una persona. A continuación va un resumen de las más destacadas:
Precio de los estudios de grado
  • En 11 países europeos, los estudios de grado son totalmente gratuitos.
  • En otros 12, el precio máximo de un curso de grado oscila entre los 7€ de la República Checa, los 41€ de Polonia, los 183€ de Francia o los 300€ de Alemania hasta los 1.066€ de Portugal. Este grupo se caracteriza, además, por tener unos precios mínimos muy bajos.
  • Solo 10 países o regiones (de 8 estados diferentes), de los 38 que abarca el estudio, tienen precios máximos superiores a los españoles (2.604€ por curso) en euros corrientes.
  • En euros corrientes, el precio mínimo de los estudios de grado en Cataluña solo es superado por 1 estado (Irlanda) y 2 de las 4 regiones de otro (Irlanda del Norte y Gales).
  • A paridad de poder adquisitivo, España resulta el 6º país donde los precios máximos de los estudios de grado son más caros de los 33 estados europeos, detrás del Reino Unido (excepto Escocia), Eslovenia, Irlanda, Hungría y Letonia.
Precio de los estudios de máster
  • En la gran mayoría de los países europeos, estudiar un curso de máster cuesta lo mismo o poco más que estudiar un curso de grado. España se sitúa entre los únicos 7 estados donde los estudios de máster son sustancialmente más caros que los de grado. En España el precio máximo de un curso de máster es un 67% más caro que el máximo de un curso de grado.
  • Un pequeño grupo de países presentan precios mínimos muy superiores a los precios máximos de los restantes países. Es el caso de Cataluña: mientras el precio máximo de un curso de máster no supera los 1.300€ en el grupo mayoritario, en Cataluña el precio mínimo es de 2.500€, solo superado por Grecia, Irlanda y Chipre. No muy distinta es la situación del conjunto de España. El precio mínimo en este caso es de poco menos de 1.500€, solo superado por los mismos países antes mencionados, más Hungría.
  • En conclusión, pues, España y, particularmente, Cataluña, se encuentran en las posiciones 7 y 4 entre los 38 países y regiones europeos donde el precio mínimo requerido para estudiar un máster es más caro.
El precio de repetir una asignatura
  • La vinculación entre precios y rendimiento académico es inusual en Europa: de los 38 países y regiones analizados, solo 5, además de España tienen precios diferenciados en función de los resultados académicos del estudiante.
  • Entre los países que gravan económicamente la repetición de asignaturas, el sistema es menos rígido que el español y los importes son muy inferiores.
Becas, préstamos y otras ayudas
  • Cuanto más altos son los precios, más bajo es el porcentaje de estudiantes que los pagan, con solo dos claras excepciones: España y el Reino Unido.
  • Los países que conceden más becas y con importes más altos corresponden a los países donde los estudios son gratuitos. Se trata, pues, de becas orientadas a compensar el coste de oportunidad del estudio, es decir, de becas salario.
  • En relación con el debate suscitado en España a propósito de los méritos académicos exigibles a un estudiante con beca, se constata que las becas concedidas estrictamente por criterios de méritos académicos son minoritarias en Europa, ya que existen en tan solo 12 países o regiones y se conceden a porcentajes muy pequeños de estudiantes. La combinación de criterios económicos y académicos para la concesión de becas, que es la vigente en España, es aún más minoritaria, ya que solo se da en 6 países.
  • A propósito de la propuesta ministerial española de una progresiva substitución de becas por préstamos, se constata que en el 71% de los países, el estado ofrece o garantiza préstamos específicos para el estudio. Excepto en dos de los países (Islandia y Montenegro), los préstamos son siempre un sistema complementario al sistema de becas. El porcentaje de estudiantes que utiliza préstamos es muy bajo (inferior al 11%) en toda Europa, con la única excepción de Dinamarca.
  • La mayoría de los países donde existen precios de matrícula, a pesar de ser bajos, compensan el esfuerzo de las familias mediante reducción de impuestos (típicamente generalizados), subsidios (normalmente, en función de la renta) o ambas medidas. Cuanto más altos son los precios, menos compensaciones existen. España no dispone ni de deducciones en el IRPF ni de subsidios destinados a las familias con hijos que estudian en la universidad.
  • A pesar de su importancia a la hora de calcular el coste de estudiar, la Comisión Europea no ofrece datos sobre subvenciones indirectas, tales como tarifas de transporte público especiales para estudiantes, comedores a precios subvencionados o residencias universitarias.

Vera Sacristán es profesora de matemáticas en la la Universitat Politècnica de Catalunya. Colabora regularmente con SinPermiso en temas de política universitaria.

Columna extraída de Sinpermiso.info

...

...